Quién soy

¡Hola, soy Gabriel Soca!
Si tuviera que presentarme en pocas palabras, diría que brindo sesiones de Registros Akáshicos, Reiki y Tarot, y que también escribo sobre espiritualidad. Mientras tanto, viajo y trabajo desde distintos lugares del mundo.
Pero hace apenas cinco años mi vida era completamente distinta. Vivía en Buenos Aires, trabajaba en una oficina, y me pasaba el día entre reuniones, plazos de entrega y el ritmo acelerado de una ciudad enorme. Desde afuera, mi vida se veía bastante normal. Pero, por dentro, cada vez sentía con más fuerza que ese no era mi lugar.
Si alguien le hubiera contado a ese Gabriel cómo sería su vida unos años después, habría pensado que estaban hablando de otra persona.
A continuación, te cuento con detalle cómo pasé de una vida a la otra.
Todo empezó mucho antes
Hay algo que estuvo presente en mí desde muy temprano: la comunicación. Ya de joven intuía que ese era mi lugar, aunque todavía no supiera bien qué forma iba a tomar.
A los 18 años dejé Bahía Blanca, mi ciudad natal, y me mudé a Buenos Aires para estudiar comunicación. Durante más de una década construí ese camino: trabajé en radios, en portales de noticias, en prensa. Vivía rodeado de información y de actualidad, contando lo que pasaba en el mundo.
Visto desde afuera, todo estaba en su lugar. Tenía estudios, trabajo, una rutina, una carrera por delante.
Pero por dentro había algo que no terminaba de encajar. Quizás conozcas esa sensación: la de cumplir con todo lo que se supone que hay que hacer y, aun así, sentir que falta algo esencial. No era infelicidad, exactamente. Era una especie de certeza incómoda de estar viviendo una vida que no terminaba de ser la mía.
Esa sensación fue creciendo de a poco, sin que yo le prestara demasiada atención.
El encuentro con la espiritualidad
En medio de todo eso, empezó a aparecer la espiritualidad. Y no fue de golpe ni como una gran revelación. Fue un encuentro suave, casi silencioso.
Llegó a través de mi pareja de aquel momento, que estaba más conectada con ese mundo y empezó a compartir conmigo sus experiencias y su manera de ver la vida. Al principio yo escuchaba con curiosidad. Me interesaba, me atraía, pero no lo sentía como algo propio. Era como asomarme a una puerta y volver a cerrarla, sin animarme a entrar. No sabía que, poco después, la vida me iba a empujar a cruzarla.
La crisis: cuando todo se desarmó al mismo tiempo
Como les sucede a muchas personas en este camino, hubo un quiebre. Un punto de inflexión. Muchos lo llaman la Noche Oscura del Alma. Y el nombre no exagera.
Fue una etapa en la que casi todos los aspectos de mi vida entraron en crisis al mismo tiempo: el trabajo, los vínculos, mi lugar de residencia, mi salud. Todo lo que había construido se fue desarmando, pieza por pieza, hasta que no quedó nada en pie.
Fue una etapa incómoda, intensa, agotadora, solitaria. Todo se sentía demasiado pesado. Pero hoy puedo ver algo que en aquel entonces me resultaba imposible: esa crisis no llegó para destruir mi vida, sino para desarmar una forma de vivir que ya no me pertenecía y dejarme espacio para construir una que sí fuera mía.
Registros Akáshicos: la puerta que no sabía que buscaba
En medio de todo eso, empecé a buscar ayuda en lugares donde antes ni se me hubiera ocurrido mirar. Hice terapia, pero también me acerqué a distintas herramientas de autoconocimiento y enfoques que hasta entonces desconocía. Empecé a leer, a escuchar, a investigar todo lo que caía en mis manos sobre estos temas. Y en algún punto de ese camino aparecieron los Registros Akáshicos.
Un día decidí hacer mi primera lectura. No sabía bien qué esperar; iba buscando respuestas concretas, algo que me ayudara a entender lo que estaba viviendo.
Pero encontré algo mucho más grande.
No fue tanto la información que recibí, sino lo que sentí mientras la recibía: la sensación clarísima de estar frente a algo que me conocía profundamente y me hablaba con una claridad que nunca había experimentado. Por primera vez en mucho tiempo, en medio de todo aquel caos, empecé a encontrarle un sentido a lo que me estaba pasando.
Y esa lectura me dejó algo más, algo que no esperaba en absoluto: me dijeron que yo también podía aprender a abrir mis propios Registros.
Me pareció imposible. No tenía ningún don especial, ningún antecedente, jamás había explorado nada parecido. Pero esa idea se quedó conmigo, resonando en silencio.
El proceso siguió. Seguí aprendiendo, seguí sanando, seguí viviendo. Tuve otras lecturas, otras experiencias… hasta que, en un momento, eso que había quedado resonando encontró su lugar.
Un día sentí el impulso, me inscribí en un curso de Registros Akáshicos y empecé a practicar de manera constante. Todos los días abría mis Registros, hacía preguntas y escribía lo que surgía.
Al principio aparecían frases sueltas, desordenadas. No sabía si era canalización, intuición, mi propia mente… o una mezcla de todo. Pero había una cosa que sí tenía clara: ese rato a solas, cada día, me hacía bien. Me calmaba, me ordenaba y me devolvía un poco de claridad justo cuando más la necesitaba.
La conexión: cuando todo se volvió más claro
Durante meses sostuve esa práctica sin interrupciones. Y, en algún momento, algo empezó a cambiar. La conexión se fue volviendo más clara, más fluida. Lo que al principio eran ideas sueltas o frases cortas empezó a transformarse en mensajes más desarrollados, más coherentes, con una profundidad que antes no estaba.
Al mismo tiempo, mi proceso interno también había avanzado. Aquella etapa de crisis había dado paso a otra más tranquila, más estable. Las cosas se fueron acomodando y empecé a sentirme distinto: con más claridad, con más equilibrio.
Y en ese contexto apareció algo nuevo: el deseo de compartir todo esto con otras personas. Hasta entonces, el proceso había sido íntimo, muy hacia adentro. Pero poco a poco sentí el impulso de abrir ese espacio y ver qué pasaba al compartirlo.
Así fue como empecé a hacer algunas lecturas para familiares, amigos y personas que iba conociendo en cursos y talleres. No había una estructura ni la intención de ofrecer un servicio. Era, simplemente, compartir algo que ya formaba parte de mi vida.
Y entonces empezó a hacerse evidente algo que al principio no era tan claro para mí.
Las devoluciones que recibía eran cada vez mejores. Muchas personas me contaban que la lectura les había ayudado a comprender mejor una situación, a tomar una decisión o a encontrar una perspectiva que no habían considerado. Poco a poco empecé a darme cuenta de que aquello que había empezado como un intento de sanarme a mí mismo estaba empezando, también, a hacerle bien a otros.
Volver a armar mi vida, pieza por pieza
A medida que cambiaba por dentro, ese cambio se fue notando también en mi vida de todos los días. No llegó de golpe, sino a través de muchos pasos pequeños que, sumados, terminaron cambiándolo todo.
Empecé por lo más cercano: ordené mi alimentación, dejé de fumar, comencé a hacer actividad física. También incorporé nuevos hábitos que hasta entonces no formaban parte de mi vida. Empecé a viajar solo, a pasar más tiempo en la naturaleza, a caminar por la montaña. Aprendí a encontrar espacios de silencio en medio de días que antes estaban siempre llenos de ruido.
Y a medida que mi proceso se iba profundizando, me animé a cosas más grandes. Dejé el trabajo que ya no tenía sentido para mí. Me fui de Buenos Aires, una ciudad en la que ya no quería vivir. Fui soltando, una por una, las piezas de una vida que ya no me representaba, y empecé a elegir otras que sí.
En medio de ese movimiento, lo que había empezado como algo íntimo fue tomando otra dimensión. Sin habérmelo propuesto demasiado, empecé a brindar lecturas de Registros Akáshicos. Fui ganando confianza, afinando la práctica, profundizando en mi forma de trabajar. Y, tiempo después, se sumaron otras herramientas: primero el Reiki, después el Tarot. Cada una llegó en su momento y se integró de forma natural, ampliando las maneras en que podía acompañar a otras personas en sus procesos.
Y la comunicación —que en realidad nunca se había ido— encontró por fin su lugar. Abrí un blog y empecé a escribir sobre los temas que me importaban: espiritualidad, procesos personales, búsquedas, experiencias. Con los meses fui encontrando una forma más clara de escribir, de ordenar ideas y de hacer más cercanos algunos conceptos que no siempre son fáciles de transmitir. En ese camino apareció la posibilidad de publicar en Gaia, una plataforma dedicada a la espiritualidad, la conciencia y el desarrollo personal.
Así, sin un plan del todo definido, terminaron encontrándose varias cosas que siempre habían sido importantes para mí: la escritura, la comunicación y la espiritualidad. Hoy mi trabajo se mueve en esos dos planos. Por un lado, las sesiones: el encuentro con cada persona y el acompañamiento en sus procesos. Por otro, la escritura: compartir ideas y reflexiones sobre espiritualidad con quien quiera leerlas.
También tengo muchas ideas y proyectos en mente. Pero parte del proceso es aprender a elegir, a priorizar y a respetar los tiempos de cada cosa. Y hoy, además de esos dos planos, hay un tercer aspecto al que le dedico buena parte de mi tiempo y mi energía.
El viaje: el deseo de vivir en movimiento
En paralelo a todo esto, había algo más que estaba presente desde hacía tiempo: las ganas de viajar, de conocer, de explorar el mundo. No como un viaje puntual o unas vacaciones, sino como una forma de vida.
Durante varios años esa idea estuvo de fondo, sin terminar de tomar forma. Había hecho algunos viajes solo, pero siempre con una fecha de vuelta, dentro de una estructura conocida. Después de mucho tiempo pensándolo, en agosto de 2024 me animé y salí a viajar sin fecha de regreso.
Primero recorrí el norte de mi país, después Bolivia y Chile. Más adelante crucé el océano y pasé varios meses entre España y Portugal. Hoy, dos años después de aquella decisión, escribo estas líneas desde el Sudeste Asiático, cruzando fronteras y adaptándome a idiomas, monedas y costumbres que cambian a cada paso.
Durante este tiempo aprendí a soltar el control y a confiar en el camino, aunque no siempre entienda del todo hacia dónde me lleva. Aprendí a viajar liviano, a quedarme con lo esencial y a no aferrarme tanto a las cosas, ni a los objetos ni a los planes. Aprendí que la gente, en casi todos lados, es mucho más generosa de lo que uno teme, y que casi siempre aparece una mano amiga donde menos se espera. Y estoy aprendiendo, todavía hoy, a estar presente: a habitar el lugar donde estoy en vez de vivir con la cabeza puesta en el siguiente.
Mirando en perspectiva
Cuando miro hacia atrás y veo todo el camino recorrido, lo que siento es una profunda sensación de orgullo. No por haber hecho todo bien —no lo hice—, sino por haberme animado a cambiar.
Hace cinco años mi vida era completamente distinta. Hacía tiempo que no me sentía bien: ni con mi trabajo, ni con mis hábitos, ni conmigo mismo. Todo eso terminó derivando en aquella crisis que durante mucho tiempo viví como lo peor que me había pasado. Podría haber seguido en piloto automático, tapando esa sensación con cualquier cosa de afuera. Pero me animé a algo bastante más difícil: en lugar de escapar, intenté entender qué me estaba mostrando todo aquello. Empecé a preguntarme qué tenía que aprender de esa situación y qué cambios me estaba pidiendo. Y, poco a poco, fui tomando decisiones.
Fue un proceso desordenado, con dudas, con errores y con muchos momentos incómodos. Fui tomando decisiones, soltando lo que ya no tenía sentido, probando, equivocándome y volviendo a intentar. Nada de esto fue una gran decisión tomada de un día para el otro: fue el resultado de muchos movimientos pequeños sostenidos en el tiempo.
Cinco años después, mi vida es otra. Mucho más mía, más auténtica, más coherente con lo que soy. Hoy vivo viajando y trabajo en algo que tiene un sentido profundo para mí.
Y a veces pienso en aquel Gabriel de hace cinco años, el que estaba tan lejos de imaginar todo lo que vendría. Me gustaría poder decirle que valió la pena. Que del otro lado de ese momento difícil hay una vida mucho más parecida a la que quería vivir. Quizás por eso comparto mi historia: porque si alguien la lee desde un punto parecido al que yo atravesé, ojalá pueda llevarse al menos esto: que ese quiebre no tiene por qué ser el final. Puede ser, también, el comienzo de algo nuevo.
En este punto no siento que haya llegado al final de nada en particular. Más bien siento que todo lo vivido hasta acá fue, en realidad, una preparación. Como si estuviera en la antesala de nuevos cambios, de cosas que todavía no alcanzo a ver, pero que intuyo.
Si el Gabriel de hace cinco años no habría podido imaginar la vida que tengo hoy, tampoco yo puedo imaginar quién seré dentro de cinco años. Y esa incertidumbre me resulta emocionante.
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Si la espiritualidad es parte de tu vida y deseas compartir tus experiencias conmigo, te invito a que me escribas y que hagamos de este viaje un camino compartido.