Quién soy

gabriel soca

¡Hola, soy Gabriel Soca!

Si tuviera que presentarme en pocas palabras, diría que brindo sesiones de Registros Akáshicos, Reiki y Tarot, y que también escribo y comparto contenido sobre espiritualidad.

Eso es lo visible, lo que se puede explicar rápido. Pero si tienes tiempo y algo de curiosidad, puedes acompañarme en el relato de cómo llegué hasta aquí.

Hay dos ejes que atraviesan mi historia: la comunicación y la espiritualidad. Y de los dos, el primero en aparecer fue la comunicación.

Cuando tenía 18 años, recién salido del colegio, no tenía nada demasiado claro. Había muchas más dudas que certezas… pero había algo que ya empezaba a intuir: que todo lo relacionado con la comunicación parecía estar alineado con mi camino.

Por eso, cuando llegó el momento de elegir qué rumbo seguir, tomé la decisión de irme de mi ciudad natal, Bahía Blanca, y mudarme a Buenos Aires para estudiar comunicación.

Durante varios años fui construyendo ese camino. Estudié, trabajé y me fui metiendo cada vez más en ese mundo. Pasé por radios, portales de noticias y distintos trabajos vinculados a prensa. Producía contenido, me relacionaba con otros periodistas. Estaba muy metido en la lógica de la actualidad, de la información, de contar lo que pasaba afuera.

Había mucho de ese mundo que me interesaba, pero con el tiempo empezó a aparecer una sensación difícil de explicar: como si eso no fuera todo, como si hubiera algo más que todavía no estaba viendo con claridad. Esa intuición fue creciendo, aunque fue bastante más adelante cuando empezó a tomar una forma más clara.

El encuentro con la espiritualidad

En medio de todo eso, empezó a aparecer la espiritualidad. Y no fue de golpe ni como una gran transformación. Fue un encuentro suave, sutil.

Llegó a través de una persona muy especial para mí en ese momento, mi pareja, que estaba más vinculada a ese mundo y empezó a compartir conmigo sus experiencias y su forma de ver la vida.

Al principio yo escuchaba con curiosidad. Me interesaba, me atraía. Pero no lo sentía como algo propio. Era más bien como asomarme a una puerta y volver a cerrarla, sin involucrarme demasiado.

Con el tiempo, ese acercamiento fue creciendo. Empecé a leer más, a escuchar más, a explorar. Pero hubo un momento en el que una serie de situaciones y experiencias llevaron esa dimensión espiritual directamente al centro de mi vida.

La crisis: el punto en el que todo empezó a cambiar

Como les sucede a muchas personas en este camino, hubo un quiebre. Un momento de transformación: Lo que muchos llaman la Noche Oscura del Alma.

Fue una etapa en la que varios aspectos de mi vida entraron en crisis al mismo tiempo: el trabajo, los vínculos, mi lugar de residencia, mi salud. Lo que hasta ese momento parecía firme empezó a desarmarse, y con eso también se cayó la forma en la que venía viviendo.

Fue un proceso incómodo, intenso, por momentos muy agotador. Pero también fue profundamente necesario. Porque en ese movimiento empezó a abrirse algo distinto: una búsqueda más honesta, más profunda, más conectada conmigo.

Registros Akáshicos: el primer contacto con algo más profundo

En medio de ese proceso decidí hacer una lectura de Registros Akáshicos con alguien en quien confiaba. No tenía demasiado claro qué esperar, pero sentía la necesidad de encontrar respuestas, de entender lo que estaba atravesando.

Y lo que sucedió en esa lectura fue mucho más significativo de lo que había imaginado.

No fue solo la información que recibí. Fue la sensación de estar conectando con algo profundo, algo que me conocía y que me hablaba con una claridad que yo no había experimentado antes.

En esa primera lectura, además de todo lo que apareció, surgió un mensaje muy especial: que yo también podía abrir mis propios Registros Akáshicos.

Hasta ese momento, ni siquiera había considerado que eso fuera una posibilidad. Nunca había explorado ni desarrollado habilidades intuitivas o psíquicas, ni formaba parte de mi interés. Sin embargo, algo de ese mensaje quedó resonando.

En ese momento no hice nada concreto con eso. Pero la idea se quedó conmigo.

El proceso siguió. Seguí aprendiendo, seguí sanando, seguí viviendo. Tuve otras lecturas, otras experiencias… hasta que en un momento eso que había quedado resonando encontró su lugar.

Un día sentí el impulso y me inscribí en un curso de Registros Akáshicos y comencé a practicar de manera constante. Todos los días abría mis Registros, hacía preguntas y escribía lo que surgía.

Al principio aparecían frases sueltas, desordenadas. No sabía si era canalización, si era mi mente, si era intuición… o una mezcla de todo. Pero había algo que sí tenía claro: ese espacio diario me hacía bien. Me calmaba, me ordenaba y me daba claridad en medio de un momento bastante confuso.

La conexión: cuando todo se volvió más claro

Durante meses sostuve esa práctica de forma constante. Y en un momento, algo empezó a cambiar. La conexión se fue volviendo más clara, más fluida. Lo que al principio eran ideas sueltas o frases cortas empezó a transformarse en mensajes más desarrollados, más coherentes y con una profundidad que antes no estaba.

Al mismo tiempo, mi proceso interno también había avanzado. Esa etapa de crisis había dado paso a otra más tranquila, más estable. Con el tiempo, las cosas se fueron acomodando y empecé a sentirme distinto, con más claridad y más equilibrio.

En ese contexto, empezó a aparecer algo nuevo: el deseo de compartir todo esto con otros.

Hasta ese momento, todo el proceso había sido muy personal, muy hacia adentro. Pero de a poco empecé a sentir el impulso de abrir ese espacio y ver qué pasaba al compartirlo con otras personas.

Así fue como empecé a hacer algunas lecturas para familiares, amigos y personas que iba conociendo en cursos, talleres o espacios vinculados a lo espiritual. No había una estructura ni una intención de ofrecer un servicio. Era simplemente compartir algo que ya formaba parte de mi vida.

Y lo que empezó a suceder me sorprendió.

Las personas me compartían que lo que habían recibido les hacía sentido, que algo se les ordenaba, que se iban con más claridad o con una sensación de alivio que no esperaban. Y eso, para mí, fue muy movilizante. Porque ahí empecé a ver que ese proceso que había sido tan personal también podía tener un impacto real en otros.

Con el tiempo, y sin haberlo planeado demasiado, empecé a brindar lecturas de Registros Akáshicos. Fui ganando confianza, afinando la práctica, profundizando en la forma de trabajar. Y a medida que ese camino se consolidaba, comenzaron a sumarse otras herramientas.

Primero Reiki, después Tarot. Cada una llegó en su momento y se integró de forma natural a lo que ya venía haciendo, ampliando las posibilidades de acompañar a otras personas en sus procesos.

La escritura como forma de ordenar y compartir

En paralelo, algo que siempre había sido parte de mi vida —la comunicación— empezó a tomar una nueva forma.

En medio de todo esto, abrí un blog y empecé a escribir sobre distintos temas que me interesaban: espiritualidad, procesos personales, búsquedas, experiencias. Al principio era algo simple, sin pretensiones, sin estructura.

Con el tiempo, ese espacio fue creciendo. Fui encontrando una forma más clara de escribir sobre estos temas, de ordenar ideas y de traducir conceptos espirituales en palabras más accesibles.

Y en ese proceso apareció la posibilidad de publicar artículos en el blog de Gaia, una plataforma enfocada en contenidos de espiritualidad, conciencia y desarrollo personal.

De alguna forma, eso terminó siendo un punto de encuentro entre varias cosas que ya venían siendo importantes para mí: la escritura, la comunicación y la espiritualidad.

Actualmente, mi vida se mueve en esos dos planos. Por un lado, las sesiones, el trabajo con las personas, los procesos individuales. Y por otro, la escritura, compartir ideas y poner en palabras temas vinculados a la espiritualidad.

También tengo muchas ideas y proyectos en mente, tanto en el ámbito de las sesiones como en el de la comunicación. Pero es parte del proceso elegir, priorizar y respetar los momentos de cada cosa. Y hoy, además de esos dos ejes, hay un tercer aspecto al que le estoy dedicando gran parte de mi tiempo y mi energía.

El viaje: el deseo de vivir en movimiento

En paralelo a todo esto, había algo más que venía estando presente desde hacía tiempo en mi vida: las ganas de viajar.

No como un viaje puntual o unas vacaciones, sino como una forma de vida. Durante varios años esa idea estuvo presente, de fondo, sin terminar de tomar forma. Había hecho algunos viajes solo, pero siempre con una fecha de vuelta, dentro de una estructura conocida.

Hasta que en un momento empecé a tomar decisiones más concretas para acercarme a esa posibilidad. Fue un proceso gradual, de preparación, de ordenar ciertas cosas. Y en agosto de 2024 tomé la decisión de salir a viajar de forma indefinida, sin un pasaje de regreso.

Sudamérica: los primeros pasos en un viaje sin rumbo fijo

Empecé por Sudamérica. Primero recorrí el norte de Argentina, y luego seguí por Bolivia y Chile.

Desde el inicio fue claro que no iba a ser un viaje tradicional. Salí sin un plan rígido ni un recorrido definido. Me fui moviendo, tomando decisiones sobre la marcha, dejando que el propio camino fuera marcando el ritmo.

Y ahí empezó a repetirse algo que se volvió parte del viaje: las cosas no sucedían como las imaginaba. Planificaba algo y terminaba pasando otra cosa. Los planes cambiaban, se abrían caminos inesperados, aparecían encuentros que no estaban en ningún esquema previo.

Al principio eso me generaba incomodidad. Pero con el tiempo empecé a verlo de otra manera. Empecé a soltar, al menos en parte, la necesidad de tener todo bajo control, y a confiar en lo que iba sucediendo, incluso cuando no lo entendía del todo en el momento.

Europa: otra etapa dentro del mismo camino

Después de esa primera etapa en un territorio más cercano, en julio de 2025 decidí cruzar el océano y continuar el viaje por Europa.

Ahí el proceso siguió, pero de otra forma. Cambió el entorno, cambiaron los idiomas, cambiaron los desafíos. Pasé varios meses viajando, principalmente por España y Portugal, atravesando experiencias distintas, con otros aprendizajes y otras formas de adaptarme a lo nuevo.

No fue una continuidad lineal de lo anterior, sino una nueva etapa dentro del mismo camino, con sus propias dinámicas y su propio ritmo.

Asia: seguir el impulso y entrar en lo desconocido

Y en marzo de 2026, sin haberlo planeado demasiado, el viaje siguió hacia Asia.

No era algo que tuviera decidido con mucha anticipación. Simplemente empezó a aparecer como una posibilidad. Y en lugar de analizarlo demasiado, lo seguí.

Hace muy poco que estoy en esta parte del mundo. Todo es más intenso, más dinámico, más difícil de encajar en referencias conocidas. Las distancias, las culturas, los códigos… todo invita a soltar aún más y a estar presente de otra manera.

Siento que esta etapa recién está empezando, y que todavía hay mucho por descubrir, tanto afuera como hacia adentro.

Mirando en perspectiva

Cuando miro hacia atrás y veo todo el camino recorrido, lo que siento es una profunda sensación de orgullo. No por haber hecho todo bien, sino por haberme animado a cambiar.

Hace cinco años mi vida era muy distinta. Vivía en Buenos Aires, una ciudad en la que ya no quería estar. Tenía un trabajo que había dejado de gustarme, estaba cerrando una relación, no me sentía bien con mis vínculos ni conmigo mismo. Tampoco estaba bien en lo físico, ni en mis hábitos, ni en la forma en la que estaba viviendo.

Todo eso derivó en una crisis: Un quiebre profundo que me llevó a parar y a escucharme de verdad.

A partir de ahí empezó el cambio. Sin un orden claro, con dudas, con momentos incómodos. Pero poco a poco empecé a tomar decisiones, a soltar lo que ya no tenía sentido. A probar, a equivocarme, a volver a intentar. A escucharme un poco más.

Y con el tiempo, ese movimiento empezó a tomar forma.

Cinco años después, mi vida es otra. Mucho más propia, más auténtica. Más coherente con lo que soy.

Hoy vivo viajando, trabajo en algo que tiene sentido para mí y me relaciono de otra manera conmigo y con los demás. No fue un cambio inmediato ni una decisión puntual. Fue el resultado de muchos pequeños movimientos sostenidos en el tiempo.

En este punto, no siento que haya llegado a ningún lugar en particular. Más bien siento que estoy en movimiento. Y que este camino se sigue abriendo a medida que lo voy recorriendo.


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Si la espiritualidad es parte de tu vida y deseas compartir tus experiencias conmigo, te invito a que me escribas y que hagamos de este viaje un camino compartido.

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